![]() Enrique Queipo |
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Texto para el catálogo de la exposición en Castillo de Bezmiliana (julio-2006) -Rincón de la Victoria -MÁLAGA- ARQUITECTURA PICTÓRICA
“Yo supe entonces que los
objetos V. Kandisnky
Este artista, mediador de los espacios interiores y exteriores, ha sabido rescartar la filosofía del color. En sus primeras obras, el color como oficio se plasma con destreza en unos héroes que libraban batallas contra la seducción de aquello que se entiende como razón. La modernidad y la teórica prosperidad representadas en las escaleras mecánicas que rodean su vida diaria, tuvo su primer manifiesto en los motivos mecánicos que empezaron a inundar sus lienzos: tuercas, bujías, pistones, válvulas, etc., envueltos en una densa materia, preparada a base de polvo de mármol y látex. El blanco y el negro dejaban traducir el volumen de las estructuras, que eran los esqueletos, las radiografías imperfectas de un mundo en aparente progreso. La metrópoli contemporánea tuvo su plasmación más evidente en el título de una de sus piezas: Producción en Cadena. Enrique irá interpretando las vanguardias de principios del siglo pasado: el dinamismo futurista, los elementos legerianos, el rayonismo de Larionov, la simultaneidad de Delaunay; al fin y al cabo, el imperio del color y del movimiento. Entre los años 91 y 92 realiza una labor de síntesis mediante una reflexión sobre el fondo y la forma. Las piezas mecánicas repetidas o yuxtapuestas son relegadas ahora a un segundo plano. La limpieza de los elementos que presenta en primer lugar es el objeto del cuadro. La forma de una estrella, la representación de una hélice o las siluetas humanas cobran protagonismo: las figuras aparecen delimitadas, se marcan fronteras y líneas divisorias. Sin embargo, se establece un diálogo entre la recuperación de las formas, que no se desligan de la realidad y la independencia de éstas, que van adquiriendo su verdadera autonomía . Sus obras Estrella positiva y Estrella negativa aparecen como “vidrieras postmodernas”, cuyo armazón constituye la base, la estructura del lienzo. Líneas divergentes y convergentes que nacen y vuelven al punto de llegada o de partida. A partir de aquí, insiste más en el juego matemático. Hace uso del aerógrafo y, con las plantillas de poliéster, sobre las cuales ha trazado un diseño previo, realiza variaciones y combinaciones diversas. Divide las imágenes, las multiplica, pero también las secciona. Los cuartos de circunferencia se van desplazando hasta completar su recorrido, construyendo un cuerpo geométrico que no pretende ser perfecto. Como él mismo afirma: “Cortes en la multiplicación de contrarios, cómplices que rodean y separan fórmulas en un número concreto de posiciones, opciones a elegir o no existir, pero presentes en el ritmo”. En su caso, al contrario de lo que sostenía Worringer, la tendencia hacia la abstracción aparece como punto de llegada antes que como punto de partida. Sin embargo, es necesario recordar las palabras de éste al señalarla “como única posibilidad de reposo en el seno de la confusión y de la oscuridad del mundo imaginado”. En su última exposición, Geometría Indy, nos ha ofrecido toda una gama de soluciones y resultados estéticos diferentes: los colores puros se manchan de forma gestual; marcan las formas y acotan el espacio, como se aprecia en Escudo o Ave del Paraíso; con La Silla de Dios entra en la línea psicodélica; mientras que en Giradiscos observamos la limpieza, el ritmo; lo primordial del fondo de color, anticipándonos así su nueva propuesta. No debemos olvidar que esta exposición en Italcable tenía un título aclaratorio: lo que de presencia y esencia tiene el arte abstracto. Recuerda cómo se encuentra latente en diferentes culturas y formas de expresión artística, desde el Vaso de Samos hasta Palazuelo. En este sentido, las palabras de Matisse son reveladoras cuando comenta que el artista sólo ve viejas verdades bajo una nueva luz. Enrique es consciente de que no hay verdades nuevas. Su propuesta se encamina hacia una particular geografía del color. En la Edad Media luz, color y verdad tenían su reflejo en los inmensos caleidoscopios que se erguían en las catedrales. Las vidrieras recogían viejas propuestas griegas acerca de la belleza, pues ésta no era solo simetría sino también color. Por otra parte, Plotino ya había hablado sobre la simple belleza de un color, “la cual procedía de una forma que dominaba la oscuridad de la materia y de la presencia de una luminosidad incorpórea que era razón e idea”. Piero della Francesca se acercó al color comerciando con el glasto, una hierba de la cual se obtenía índigo para teñir las telas.“Tuvo una familiaridad con el color que en sus pinturas se manifestará con el colorido sólido, geométrico, matemático de los ropajes con los que vestirá sus figuras”. El siglo XX logrará la plena independencia de la forma y del color, que junto con la desintegración del espacio nos mostrará nuevas visiones abstractas. Kandinsky llegará a la abstracción a través del color, profundizando sobre los efectos psicológicos que produce en el espectador. “El color es un medio para ejercer una influencia directa en el alma”. Posteriormente, Suprematismo, Neoplasticismo y Constructivismo intentarán establecer un nuevo orden. Malevich pretendía crear un arte puro: “La pintura entendida como absoluta cuya única referencia fuera ella misma, integrada por elementos formales básicos como el cuadrado, el rectángulo, el círculo y la cruz, sin la intervención subjetiva del artista y regida sólo por sus leyes propias, supondría una nueva armonía ideal entre el hombre moderno y su entorno”. El arte geométrico no-objetivo hablaría un lenguaje distinto acorde con el contexto. La función del arte será diferente y éste se ligará a la industria. La crisis de los treinta llevará al desencanto de la filosofía de vida propuesta. Después de la Segunda Guerra Mundial, la geometría como estilo dará un paso más mediante la investigación de los efectos ópticos del color. El revisionismo de viejas ideas, que parten de Matisse pasando por Mondrian , Moholy Nagy o Malevich, pero bajo criterios particulares, provoca el nacimiento de otras tendencias: la pintura de campos coloreados, la de bordes rígidos, el Minimalismo, la “Pintura Sistemática”, etc. Como apuntó G.Kubler: “Ninguna secuencia formal se ve nunca completada hasta agotar todas sus posibilidades en una serie consistente de soluciones”. Queipo estará atento, analizará, sabrá descifrar lo que Frank Stella le había aportado, pero reinterpretará a base de regla y compás. Su pintura será más sujeto que objeto. Actualmente hay quienes anuncian la muerte de la pintura. Otros hablan de su retorno. La clave puede estar en lo que el gesto del artista esconde y sabe revelar (la soledad de unas zapatillas desveladas por una emperatriz que se enfrenta a su destino, insinúa toda una lección sobre el mundo). El mundo de Enrique Queipo está presidido por una especie de crecimiento infinito del que participa la geometría y el color. En esta exposición veremos a un Enrique intimista, que quiere ser escuchado y entendido. Se detiene en momentos especiales de su vida, porque el artista necesita construir su propio orden. Por ello, emplea el color como expresión, al mismo tiempo que como construcción. El calor del amarillo determina su cuadro Verano. La luz la concibe como una cuña blanca, porque el concepto se transforma en objeto y no en efecto. “El color del pintor no es el del físico”. El Mediterráneo y su luz cegadora se plasman bajo la “acción expansiva” del amarillo: el calor del color. Diferentes formas de luz encuentran su expresión en la pareja D Dos. Los azules y sus “sombras” bajo un esquema abstracto interactúan entre sí y provocan la calma que el amarillo rompe. Los contrarios, la oposición de colores y de elementos, son una constante. Hay otra cita geográfica bajo el título Línea Lola. La línea es una palabra básica de su vocabulario pictórico y que ha tocado también al personal. Así lo podemos comprobar en El arte me salvó, una obra marcada por la curva y la recta. Aquí respira el espacio. Los semicírculos se abren y se cierran en un primer plano que dejan ver la intersección de cruces, las cuales se transforman en delgadas líneas de fondo; articulan la composición al igual que en Recuerda. Guardaría cierta similitud con una de las Composiciones de Moholy-Nagy de la década de los veinte. Como éste comentó: “Mi talento se encuentra en la expresión de mi vida y mi energía creativa a través de la luz, el color y la forma”. Los títulos de esta muestra cobran gran importancia, pues el artista quiere establecer un diálogo con el espectador; más allá de las leyes propias del cuadro, quiere expresar sus sueños y realidades a través de una economía formal. Una alegría de vivir nos transmite con Entiéndeme. Crea un espectacular fondo de color, que es el eje central de todas sus obras, y a partir de los cuales nacen. Las intersecciones de los círculos, figuras que representaban la perfección, se repetirá en Para mamá; un bello nocturno donde se traduce la invisibilidad de lo visible. Se aprecia la tensión entre una unidad completa y otra rota, como en Maestro y Busca. Juega con el color y las formas. Los colores primarios y complementarios se invierten para dar lugar a sensaciones perceptivas diferentes. La estrella principal también cambia su posición. Ésta será un motivo que se repite; en este caso, es de cuatro brazos, en otras ocasiones de seis y ocho. En cada sección del triángulo hay un artista.
Lourdes Alda, mayo 2006 El estudio de Enrique Queipo está en la
quinta planta de un céntrico edificio de oficinas. Casi en ángulo
recto, dos fachadas de cristal han seccionado una discreta, pero hermosa
manzana de casas antiguas. En los bajos languidecen bazares de baratijas
y en la plaza, la del Monolito, hay una cafetería de las de siempre.
E1 escenario se transforma con el paso de las horas. A1 anochecer es
el salón de jóvenes de vitalidad ociosa, sin causa y sin destino.
Cuando el ambiente empieza a fraguarse, Queipo, urbanitas noctámbulo,
baja a dar una vuelta para despejarse y comenzar el trabajo con buen
talante. Imagino los corredores solitarios, el silencio a oscuras, deshabitado,
y a Queipo cogiendo el ascensor o las escaleras mecánicas para
subir a su amplia habitación sin paredes. A1 trabajar, Queipo no
disfruta de los amplios y luminosos ventanales, ni de las vedute
de tejados; tampoco de las irregulares medianeras sin enlucido o de
la extraña perspectiva de la Catedral hacia el puerto. Le gusta
lo que su estudio tiene de casual escenografía, pero al trabajar,
en la quietud nocturna del edificio impersonal y hueco, mundo a solas
y en silencio, es fácil la concentración, la ausencia de referencias
no queridas. Eugenio Carmona, 1992 |